Acordarse de Santa Bárbara cuando truena

Las alarmas se disparan siempre ante la inestabilidad política en los países suministradores de petróleo y gas, pero solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena…

Gas o energías renovables

La escalada de tensión en Iraq, con la consiguiente inestabilidad del mercado del petróleo y aumento inmediato en su precio, otra vez ha disparado todas las alarmas. Si a esto le añadimos la crisis de Ucrania con su amenaza sobre el gas ruso suministrado a Europa, la alarma es todavía mayor. Y aunque algún país como EEUU haya conseguido independizarse relativamente del petróleo del Medio Oriente substituyéndolo por petróleo mejicano y canadiense, no es esta la situación de Europa, fuertemente dependiente de Oriente Medio.

Intereses que ocultan la solución

Ante esto los ojos se vuelven inevitablemente, una vez más, hacia las renovables. Pero de nuevo topamos con los intereses de los grandes grupos energéticos basados en las energías fósiles y nucleares, y en la explotación de mercados cautivos defendidos a ultranza con presiones políticas de todo tipo. Y nos encontramos, una vez más, con la monserga mediática habitual en contra de las renovables: que si son caras, que si suben el precio de la electricidad, que si generan energía inestable, etc.

Un añadido reciente a esta reatahíla es que la pérdida de competitividad europea se debe a la apuesta por las renovables para combatir el cambio climático. Curioso, pues esa supuesta pérdida, en todo caso se basa en la fortaleza del euro, que tampoco ha impedido que las exportaciones alemanas sigan aumentando notablemente, e incluso las españolas.

Los beneficios de las eléctricas, intocables

Pero esta vez la joya la ha puesto J. M. Soria, a la sazón ministro de Industria. En un reciente artículo en El País —edición papel y para suscriptores—, afirmaba que la lucha contra el cambio climático no es sostenible si económicamente no es viable. Pero resulta que las renovables, el instrumento clave en esta batalla, son ya enormemente rentables a corto plazo, incluso excluyendo sus ventajas sobre el cambio climático. Por repetir argumentos archiconocidos: generan empleo directo e indirecto y de alta calidad, reducen el déficit exterior, aumentan la independencia energética, disminuyen la incertidumbre de los precios de la energía fósil, rebajan el precio de la electricidad y un largo etcétera. Pero, ¡ay!, tienen un problema insoluble: atacan la base de los inmensos beneficios de las compañías energéticas tradicionales: ¿por qué sino un decreto sobre el autoconsumo, al que no solo priva de derechos elementales de participación en la red de distribución, sino que lo criminaliza con amenazas de multas millonarias?

Y por último, ¿es que algún economista serio puede discutir el enorme coste puramente económico que está teniendo ya el cambio climático, en forma de variabilidad del tiempo y acontecimientos meteorológicos extremos —inundaciones, sequías pertinaces, ciclones, etc.—, con las consiguientes pérdidas humanas, de cosechas, destrucción de infraestructuras, cortes en el suministro de la electricidad, etc.?

Ignacio Mauleón

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Energía y seguridad (II): Ucrania y la solución renovable

Gran parte del suministro europeo de gas procede de Rusia a través de Ucrania. La crisis venía anunciándose desde hace tiempo.

Gas Ucrania

La crisis de Ucrania

Con el trasfondo de los enormes costes militares expuestos en el post anterior ha terminado de ‘estallar’ la crisis de Ucrania con todas sus implicaciones energéticas para Europa, dado que gran parte del suministro de gas procede de Rusia a través de ese país —una crisis que venía gestándose hace tiempo, y que en gran medida estaba anunciada, o por lo menos el grave riesgo de que ocurriera—. Ante esto, la necesidad de una política energética europea conjunta se ha planteado más claramente que nunca, y se barajan tres opciones fundamentales.

La primera, como es ya habitual, basada en el gas no convencional o de esquistos —shale gas—, obtenido a través de la tecnología del fracking. Tendría la ventaja de que al ser el gas obtenido autóctono la dependencia exterior se reduciría drásticamente —Europa depende en más de un 50 % de energía importada—. Ya es de sobra conocido que esta técnica presenta riesgos graves, no es barata, y tampoco se sabe cuántas reservas existen en Europa. Además, la tecnología de perforación requerida la poseen las compañías petrolíferas tradicionales norteamericanas, lo que implica que Europa pasaría a depender de ellas, al menos tecnológicamente. Tampoco es una solución rápida, y llevaría al menos 4 o 5 años empezar a disponer de este gas en volúmenes significativos.

La segunda, especialmente importante para España, es importar gas natural del norte de África y otros países, y muy notablemente de Argelia —España importa en la actualidad aproximadamente el 50 % del gas de dicho país—. Como ya se puede suponer, esta es la opción preferida y defendida a ultranza por el olipolio energético español, y todo su entorno mediático.

Esta opción ‘pasa’ por España, y tendría sin duda ciertas ventajas comerciales, dado que se podrían emplear las instalaciones ya existentes para generar electricidad, almacenar gas, etc. Pero en todo caso sería un puro beneficio de intermediación, ya que España vendería electricidad generada con combustibles importados. Además, requeriría la inversión en conexiones eléctricas con Francia, algo que de nuevo llevaría cierto tiempo, de modo que esta solución tampoco sería inmediata.

Desde luego, las interconexiones eléctricas con el resto de Europa son convenientes para España, y necesarias en cualquier caso para establecer un mercado eléctrico europeo. Pero dado el escaso interés mostrado por Francia en el pasado, este sería otro obstáculo a superar. Se ha llegado a sugerir algo tan disparatado como que España debería apoyar a Francia en sus pretensiones de, por ejemplo, importar energía solar de Marruecos para allanar el camino diplomático. Por último, el gas es una energía insegura políticamente, cara, e innecesaria como energía de respaldo.

La tercera opción, obvia y defendida por una base social afortunadamente cada vez más amplia, es la renovable. Se trataría de apoyar y expandir todo lo posible las energías renovables autóctonas, eólica y solar especialmente, y sobre todo esta última, dado que está muy infra desarrollada y es claro que España posee una gran ventaja comparativa en este sentido con el resto de Europa: basta observar superficialmente un mapa de radiación solar europeo para comprobar que las zonas más soleadas en toda Europa son el sur de España y Portugal. Sus ventajas son también bien conocidas, y han sido expuestas y desarrolladas en varios posts anteriores -creación de empleo, reducción del déficit exterior y de la dependencia política externa, desarrollo de una economía más democrática y competitiva, ventajas medio ambientales, etc.

La inconsistencia de las críticas a la energía solar

Frente a sus posibles críticas, su intermetiencia y alto coste, repetidas machaconamente hasta el aburrimiento por todos los medios propagandísticos del oligopolio, baste señalar que el autoconsumo y la generación distribuida, además de la experiencia ya acumulada, muestran que la intermitencia no es un problema.

Y finalmente, respecto al coste, la fotovoltaica es ya competitiva para el sector residencial y pequeñas y medianas empresas: esta es precisamente la razón de las trabas insalvables que ha puesto la normativa contra el autoconsumo para proteger los intereses del oligopolio. Más aún, se calcula que este año se instalen en el mundo alrededor de 46 Gw, equivalentes a 15-16 nucleares de tamaño medio (1GW), con lo que la suma global instalada rondará los 180 Gw —casi el doble de la potencia eléctrica total española—. De continuar esta tendencia, y teniendo en cuenta las altas tasas de aprendizaje de esta tecnología cercanas al 22 %, podemos suponer que si al finalizar 2013 el coste estaba en el rango de 9-7 € por watio, al finalizar 2015 el watio puede rondar los 7-5 €. Será interesante ver cómo intenta parar el oligopolio el autoconsumo en esas condiciones, pero es poco probable que lo consiga incluso con apoyo legal.

Ignacio Mauleón

El gas: un respaldo ni necesario ni fiable

El gas no es una energía de respaldo necesaria y su dependencia puede tener unos costes políticos inaceptables. 

Gas

Una de las razones por las que el gas es imprescindible, según sus defensores, es precisamente porque es la garantía del respaldo a la intermitencia e inseguridad de las renovables. Este es un mantra repetido hasta el aburrimiento por el oligopolio energético, basándose en su fuerte control de los medios informativos.

Sin embargo, y afortunadamente para los consumidores y pequeños y medianos empresarios en general, es simplemente una falsedad. En este post la desmontaremos en dos pasos: primero, repasaremos la supuesta necesidad de respaldo de las renovables; y, segundo, analizaremos la supuesta capacidad de respaldo del gas.

El respaldo a las renovables no es imprescindible

Vayamos con el primer punto. El planteamiento más extremo suele hacer referencia a una hipotética confluencia de eventos en la que no hay sol ni viento, poca capacidad hidráulica debido a una prolongada sequía, fuerte demanda de electricidad, además de averías varias en centrales nucleares: aparentemente la respuesta es obvia, acudir a las centrales de gas, fácilmente adaptables a una respuesta rápida ante esta caída de la capacidad de oferta, se supone que imprevista. Sencillo y obvio ¿no?

Lo malo para sus defensores, y bueno para todos los demás, es que es una argumentación, por llamarla de alguna manera, radicalmente falsa.

Empecemos por el principio: desde que existen registros históricos mínimamente fiables, ¿se ha producido alguna situación de ese tipo en España? Parece bastante improbable, desde luego, y habría que empezar por demostrar fehacientemente que es una posibilidad real, aunque sea muy poco probable. Hasta la fecha, que se sepa, nadie lo ha hecho. A este respecto es oportuno señalar que según la Agencia Internacional de la Energía es suficiente una ratio de una unidad de respaldo por cinco de renovables: en España en este momento hay instalados aproximadamente 32 Gw renovables y 25 Gw de gas, mucho más que suficiente de acuerdo a este criterio, por consiguiente.

Pero incluso aunque se diera la fatal confluencia de eventos mencionada, hay múltiples opciones de respaldo a las renovables alternativas al gas, incluido el almacenamiento de energía. Una respuesta inmediata y evidente es el recurso a la biomasa, que se debería promocionar por múltiples razones, la gran hidráulica —nunca se ha registrado un año en el que estén completamente vacíos los grandes pantanos—, y la solar de concentración termoeléctrica. Por no repetirnos, remitimos al lector a posts anteriores en este mismo blog (Autoconsumo, la visión larga, La FV y la solar térmica, Conectando el sol, 100% renovables no es posible).

Y además, algunas otras no mencionadas previamente: las interconexiones con países colindantes que deberían incrementarse, en particular con Francia y Portugal, obligatorias además de cara a la formación del mercado eléctrico europeo. Y sin olvidar, por supuesto, al norte de África, especialmente Marruecos, país que está apostando fuertemente por la energía solar, y en el que es difícil creer que pueda haber un día sin sol en todo su territorio.

Y respecto al almacenamiento, el desarrollo e implantación de vehículos híbridos o eléctricos puede ofrecer también un respaldo inmediato. Más todavía, algunos autores afirman que la investigación en almacenamiento de la energía fotovoltaica está intencionadamente frenada, precisamente por las multinacionales cuyo negocio es la energía fósil. De hecho, periódicamente aparecen noticias en algunos medios no muy conocidos con propuestas verdaderamente intrigantes y sugerentes al respecto.

Por último, se puede adaptar la demanda, y precisamente se destinan a unas pocas empresas grandes consumidoras de electricidad unos pagos para que reduzcan su demanda en caso de necesidad, pagos o costes de interrumpibilidad que están incluidos, de nuevo, en la parte fija del recibo de la luz, los denominados peajes, y que curiosamente llevan al menos cinco años sin utilizarse.

El gas no ofrece un respaldo fiable

Y ahora otro punto poco discutido, que hasta los defensores de las renovables suelen aceptar algo ingenuamente: la capacidad de respaldo del gas, que se da por supuesta. Para comenzar, a muy corto plazo esa capacidad no existe, pues a diferencia de la hidráulica cuya respuesta ante variaciones de la demanda se da en escasos segundos, las centrales de gas necesitan unos minutos para variar su potencia, para lo que se requiere adicionalmente mantenerlas en funcionamiento aunque sea a baja potencia, pues de otro modo el tiempo de respuesta y su coste se amplia considerablemente. Así, el gas no puede ofrecer una respuesta a muy corto plazo, para lo cual es necesario buscar otra alternativa, generalmente la hidráulica, aunque también el almacenamiento por medio de aire comprimido, e incluso sistemas de discos de inercia.

Y consideremos un horizonte más largo, y en concreto, ¿cuál es la capacidad de almacenamiento del gas? La reciente experiencia del proyecto Cástor frente a las costas de Tarragona la pone seriamente en cuestión. No parece probable que el almacenamiento de reservas suficientes a un coste asumible pueda extenderse más allá de 30 o 40 días.

¿Y a partir de ahí?, pues es bastante claro que dependeríamos de que las compañías suministradoras continuaran haciéndolo: es decir, que simplemente esto nos hipoteca políticamente. En el norte de Europa la hipoteca es con Rusia, país que ya hemos visto repetidamente cómo emplea esta capacidad de control sobre países limítrofes que desean independizarse completamente, o unirse a Europa —un ejemplo reciente es Ucrania—. Y en España con Argelia en primer lugar —aproximadamente el 50% de nuestras importaciones de gas provienen de dicho país—, país potencialmente inestable políticamente: el 50 % de su población es menor de 30 años, y la paz social se sostiene con fuertes subsidios obtenidos de la venta de energía fósil y el sometimiento a una férrea dictadura; además, está fuertemente expuesto al terrorismo islamista, uno de cuyos principales objetivos parece ser precisamente España, de acuerdo a diversa documentación incautada en varias operaciones militares.

Otro 30% de las importaciones provienen de Catar, que probablemente es más estable políticamente, pero en el que se da la circunstancia de que a través de su fondo estatal de inversiones se ha convertido en el principal accionista de una de las empresas del oligopolio que apostó fuertemente por el gas en España. A título de anécdota, este país es precisamente uno de los principales inversores mundiales en renovables en este momento. Y por último, no está de más notar que en Nueva Inglaterra (USA), estado que obtiene un 50 % de su electricidad del gas, en una situación de emergencia el sistema eléctrico falló estrepitosamente .

Ni necesario ni fiable

En definitiva, el gas no es una energía de respaldo, ni necesaria –las renovables se bastan por sí mismas combinándolas adecuadamente–, ni que garantice nada, ni en el muy corto plazo –pocos segundos–, ni tampoco en el medio y largo plazo –a partir de 1, o como máximo 2 meses–. Y además, impone unos condicionamientos políticos que pueden ser inaceptables.

Ignacio Mauleón

¿Por qué las energías fósiles?

ENERGIAS_Fosiles

Puede haber y hay muchas justificaciones para las energías renovables.

La primera y quizá más obvia para muchos ciudadanos es contrarrestar el cambio climático. Como esto es una ‘externalidad’ no tenida en cuenta en la generación de energía fósil, el mercado falla, y ese coste hay que cargarlo de alguna manera a las energías fósiles, por ejemplo, subvencionando a las renovables con cargo a las fósiles. Si solo se trata de este aspecto, caben muchas matizaciones, y la primera de ellas es el cuestionamiento del mismo cambio climático. Desde luego, la inmensa mayoría de los científicos involucrados en el tema coinciden en que la probabilidad de que sea cierto y que tenga su origen en la actividad humana es muy alta. Además, habría que considerar cuál sería el coste de no preverlo y corregirlo, si llega a ocurrir efectivamente. En otras palabras, que el riesgo es demasiado alto, y en algún escenario extremo peligra nuestra propia supervivencia como especie.

Renovables y algo más

Pero por otra parte, cabe preguntarse si la única manera de corregir este problema es el desarrollo de la energía renovable, y la respuesta es claramente que no: bastaría con prorrogar y aumentar en lo posible la energía nuclear, sustituir las energías más contaminantes por gas, y aplicar métodos de captura y almacenamiento de carbono.

En este último apartado podría tener un papel importante la reforestación masiva: los bosques, aunque devuelven al medio ambiente el CO2 almacenado al completar su ciclo vital, también permiten alargar el período antes de su descomposición utilizando la madera para otros usos, como construcción y mobiliario. Y durante ese período, el CO2 se va descomponiendo y se absorbe en el océano en un período que oscila entre 30 y 90 años.

Entonces, ¿por qué renovables? Las respuestas son variadas, así como sus razones, económicas, políticas y puramente científicas, aunque todas se entrecruzan.

Razones científicas

En primer lugar las científicas. Los fósiles son combustibles finitos, y en algún momento tienen que acabarse, por alejado que esté dicho momento. Ya ocurre con fósiles conocidos (el petróleo ligero, el gas convencional), y desde luego en yacimientos concretos (en USA, por ejemplo).

Se suele argumentar que siempre aparecen nuevas variantes, como otro tipo de petróleos no convencionales en las profundidades marinas y gases no convencionales  (shale gas). Aunque esto es cierto, de nuevo en algún momento se acabarán.

Pero lo peor es que su capacidad energética resulta cada vez menor, la contaminación que generan cada vez mayor y los costes de extracción más elevados, de modo que se admite que se crearía un problema político de primer orden si su precios descienden, pues las costosas inversiones ya realizadas no serían rentables, y originarían gran inestabilidad política en países productores (Venezuela, Brasil, México, Noruega, Escocia, etc.).

En definitiva: es indiscutible que la época de fósiles baratos se ha acabado, y que a esos precios las renovables van a ser competitivas en poco tiempo, y algunas de hecho ya lo son (por ejemplo la fotovoltaica para autoconsumo, y esta y la eólica para lugares alejados como zonas  rurales e islas). No tener en cuenta esto puede llevar a guerras por los recursos, epidemias y migraciones masivas. No sería la primera vez que ocurre en la historia, aunque esta sí podría ser la definitiva, y de ahí la preocupación por este tema de instituciones tan poco sospechosas de radicalismo como los ejércitos norteamericano y alemán, por mencionar dos casos conocidos públicamente.

Razones económicas

En segundo lugar, las económicas. Para los países importadores, como los europeos, y especialmente España, el coste de importar energía fósil puede alcanzar volúmenes intolerables (4,5 % del PIB todos los años, aproximadamente). Cualquier modelo económico sencillo explica por qué eliminar, o simplemente reducir este volumen, supondría una gran aportación al bienestar de un país. Esto es aún más pronunciado en casos de equilibrio en el desempleo, como puede ser el europeo, y sobre todo el español; es decir, que la economía no sale por sí sola de esa situación de desempleo de los recursos. Se produce una falta de inversión, y en consecuencia, un fuerte desempleo, que solo tiene salida con la introducción de nuevas actividades donde invertir, industriales y de servicios, que además requerirán apoyo público.

En la situación actual, la economía verde, y dentro de ella la energía renovable, es una alternativa obvia mundialmente reconocida a tenor de su crecimiento (el 50% de la capacidad de generación eléctrica añadida en los últimos 4 años es renovable). Aunque efectivamente no es la única alternativa, es una de las más importantes. Debe subrayarse que cualquier empleo generado internamente en un país en estas condiciones es empleo neto, aunque ello suponga una pérdida de empleo en los países exportadores.

Finalmente, tampoco una situación de desequilibrio es necesariamente positiva para los países exportadores, puesto que entraña grandes riesgos.

Razones políticas

En tercer lugar, las políticas. Importar toda la energía, o parte, hace que un país sea dependiente del exterior, lo que implica estar expuesto a todo tipo de presiones políticas y de otro tipo. Los casos de Georgia, Ucrania, y Rumania, que importan grandes cantidades de gas de Rusia, son ejemplos cercanos de este problema.

Resumiendo, las razones para apoyar las energías renovables son al menos las siguientes:

  • Por el agotamiento de los combustibles fósiles, por lo menos a precios asequibles.
  • Para favorecer el crecimiento económico y el empleo, especialmente en países en recesión.
  • Con el fin de asegurar la independencia política.

Y este apoyo es necesario, dado que los mercados internacionales de energía hoy día son cualquier cosa menos capitalistas-competitivos: baste con mencionar que las energías fósiles reciben cuatro veces más subvenciones que las renovables; y aunque generan más energía, algunas, como el carbón, se descubrieron hace más de dos siglos, y cuesta entender por qué todavía reciben subvenciones, mientras se cuestionan las ayudas a la fotovoltaica, por ejemplo, que empezaron hace poco más de una década.

Todas son razones, por supuesto, desde el punto de vista de países que no disponen de grandes recursos energéticos fósiles. Pero incluso los que sí disponen, como es el caso de Arabia Saudí, que es el primer productor mundial de petróleo con gran diferencia, acaba de anunciar su objetivo de consumir principalmente energía de origen renovable, especialmente solar, en poco tiempo.

Solo este hecho debería bastar para obligarnos a reflexionar y llegar a la conclusión obvia de que la pregunta correcta no es: ¿por qué hay que apoyar a las renovables?, sino justamente la contraria: ¿por qué hay que seguir dependiendo de las energías fósiles?

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La maldición del petróleo

El descubrimiento de yacimientos de petróleo, y el consiguiente y probable «mal holandés» (algo que recientemente ha ocurrido en varios países, entre ellos la Venezuela de Chávez), no es necesariamente inevitable, y el mejor contraejemplo es Noruega.

Países que deben servir de ejemplo

En Noruega, país en el que también se descubrió petróleo, se nacionalizó y se decidió invertir las rentas obtenidas de las exportaciones en un fondo público para financiar las pensiones de todos los noruegos. Simultáneamente, Noruega se abastece internamente mediante energías renovables: hidráulica autóctona, eólica importada de Dinamarca, y geotérmica para calefacción doméstica.

Y hay otros ejemplos: Escocia, donde también se encontró petróleo y que todavía lo explota en plataformas marinas, que es actualmente un líder en energía eólica marina; Brasil, que consume fundamentalmente energía hidráulica y etanol para el transporte, en lugar de petróleo, que lo exporta; el emirato de Abu Dabi, que dedica los recursos del petróleo a inversiones exteriores y ha apostado  internamente por el turismo del más alto nivel, la arquitectura vanguardista y la energía fotovoltaica. Incluso Arabia Saudí, el mayor productor mundial de petróleo, está apostando internamente en energía fotovoltaica y en plantas solares de concentración en Marruecos. ¿De qué depende entonces que un país con petróleo se decante por una u otra opción?, pues parece que de factores políticos internos, y del grado de corrupción o transparencia de uno u otro signo del juego político.

¿Y en España?

Según el ministro Soria, que pasa del «todas las energías son necesarias» al «hay exceso de capacidad», la moratoria a las renovables y la continuada persecución contra la solar, especialmente la fotovoltaica, pasando por nuevas concesiones de exploración petrolíferas a Repsol cerca de las islas Canarias, toda la respuesta ha sido que «encontrar petróleo sería una suerte», y que después de todo Marruecos está explorando ya la zona. Hay que decir en un inciso que Canarias está llevando a cabo una lógica protesta, ya que la exploración puede impactar fuerte y negativamente en su turismo, y sabido es que el autoconsumo basado en las energías solares y eólica es más barato que el petróleo.

La maldición del petróleo

En realidad, el petróleo puede convertirse fácilmente en una maldición, como se explicó en el post anterior, «Chávez y el petróleo». Marruecos ya ha relegado sus planes nucleares y petrolíferos para apostar decididamente por la energía solar: la española Acciona acaba de adjudicarse un contrato para una planta termosolar, y existen varias ya en funcionamiento; además, están anunciados concursos internacionales muy voluminosos para invertir en plantas fotovoltaicas sobre suelo.

En definitiva, hemos pasado de ser líderes mundiales en fotovoltaica y otras renovables, a desaparecer por completo debido a la inseguridad jurídica creada por los dos últimos ministros de industria, pasando por la apuesta por energías caducas que se están abandonando en todo el mundo.

Chávez y el petróleo

Chávez heredó una Venezuela corrupta políticamente, que exportaba un volumen alto de petróleo, pero con serios problemas de déficit comercial. Durante los últimos 14 años, la producción y exportación han disminuido en volumen, pero debido al fuerte aumento de los precios originado en el aumento de la demanda mundial, las rentas percibidas por la venta de petróleo han aumentado considerablemente. Ello le ha permitido practicar una política social que desde luego ha tenido algún éxito, como es reducir los niveles de pobreza, y aumentar su influencia en la zona (notablemente, sosteniendo con petróleo a Cuba). Pero, a la vez, el petróleo que se extrae es cada vez más caro, de menor calidad, y también en cantidades menores.

Una política con graves consecuencias económicas

Su política ha tenido otras consecuencias muy graves en el resto de la economía: el peso del sector privado se ha reducido enormemente, a la vez que el sector petrolífero ha aumentado en importancia; dos terceras partes de los bienes consumidos se importan, pagándolos con las rentas del petróleo; la economía sumergida es aproximadamente el 50% del total. En otras palabras, que la Venezuela de Chávez, aparte de otras consideraciones, solo es sostenible económicamente con un aumento sostenido del precio del petróleo, y del consumo mundial, y todo ello suponiendo que dispongan de reservas suficientes, explotables en un plazo corto de tiempo.

A la larga, aumenta el desempleo

Lo ocurrido en Venezuela es una variante exagerada de lo que se dio en llamar ‘mal holandés‘, a raíz del descubrimiento y explotación de petróleo en Holanda alrededor de 1975, consecuencia de los aumentos del precio del petróleo provocados por la OPEP en 1973 y 1977. Muy resumidamente, lo que ocurre es que el sector del petróleo atrae recursos, se revaloriza la moneda, y los costes salariales aumentan en toda la economía, pues tienden a homogeneizarse. El resto de sectores disminuye beneficios y exportaciones, lo que genera desempleo y pérdida de recursos. Suele ocurrir, también, que los gobiernos, como parte de la política de reparto de los beneficios del descubrimiento, subvencionen el consumo interno de derivados del petróleo, lo que favorece el consumo excesivo y el despilfarro. Cuando el petróleo comienza a escasear, las empresas extractoras, dado que poseen las técnicas de perforación, tratan de maximizar su beneficio explotando petróleo y gas no convencionales, cada vez más difíciles de extraer, más caros, y con riesgos mucho mayores de accidentes graves (plataformas marinas, ‘fracking‘, etc.).

Ya hay antecedentes

Con variantes, pero esto es lo que ha ocurrido en las pasadas décadas en un buen número de países, com Libia, Irak, y de manera muy marcada recientemente, Irán y la propia Venezuela. Rusia y Nigeria, son dos ejemplos más que por el momento han evitado el problema exportando gas natural encontrado cerca de los  yacimientos petrolíferos.

El punto final de este oscuro panorama, es que si ahora la demanda mundial se dirige a otras fuentes de energía, como parece ser la tendencia, los precios pueden caer, lo que haría que las costosas plataformas marinas y otras instalaciones dejaran de ser rentables (algunos analistas hablan de un umbral mínimo de rentabilidad de 100 dólares el barril). Ello llevaría a la bancarrota completa de Venezuela.