Energía y seguridad (II): Ucrania y la solución renovable

Gran parte del suministro europeo de gas procede de Rusia a través de Ucrania. La crisis venía anunciándose desde hace tiempo.

Gas Ucrania

La crisis de Ucrania

Con el trasfondo de los enormes costes militares expuestos en el post anterior ha terminado de ‘estallar’ la crisis de Ucrania con todas sus implicaciones energéticas para Europa, dado que gran parte del suministro de gas procede de Rusia a través de ese país —una crisis que venía gestándose hace tiempo, y que en gran medida estaba anunciada, o por lo menos el grave riesgo de que ocurriera—. Ante esto, la necesidad de una política energética europea conjunta se ha planteado más claramente que nunca, y se barajan tres opciones fundamentales.

La primera, como es ya habitual, basada en el gas no convencional o de esquistos —shale gas—, obtenido a través de la tecnología del fracking. Tendría la ventaja de que al ser el gas obtenido autóctono la dependencia exterior se reduciría drásticamente —Europa depende en más de un 50 % de energía importada—. Ya es de sobra conocido que esta técnica presenta riesgos graves, no es barata, y tampoco se sabe cuántas reservas existen en Europa. Además, la tecnología de perforación requerida la poseen las compañías petrolíferas tradicionales norteamericanas, lo que implica que Europa pasaría a depender de ellas, al menos tecnológicamente. Tampoco es una solución rápida, y llevaría al menos 4 o 5 años empezar a disponer de este gas en volúmenes significativos.

La segunda, especialmente importante para España, es importar gas natural del norte de África y otros países, y muy notablemente de Argelia —España importa en la actualidad aproximadamente el 50 % del gas de dicho país—. Como ya se puede suponer, esta es la opción preferida y defendida a ultranza por el olipolio energético español, y todo su entorno mediático.

Esta opción ‘pasa’ por España, y tendría sin duda ciertas ventajas comerciales, dado que se podrían emplear las instalaciones ya existentes para generar electricidad, almacenar gas, etc. Pero en todo caso sería un puro beneficio de intermediación, ya que España vendería electricidad generada con combustibles importados. Además, requeriría la inversión en conexiones eléctricas con Francia, algo que de nuevo llevaría cierto tiempo, de modo que esta solución tampoco sería inmediata.

Desde luego, las interconexiones eléctricas con el resto de Europa son convenientes para España, y necesarias en cualquier caso para establecer un mercado eléctrico europeo. Pero dado el escaso interés mostrado por Francia en el pasado, este sería otro obstáculo a superar. Se ha llegado a sugerir algo tan disparatado como que España debería apoyar a Francia en sus pretensiones de, por ejemplo, importar energía solar de Marruecos para allanar el camino diplomático. Por último, el gas es una energía insegura políticamente, cara, e innecesaria como energía de respaldo.

La tercera opción, obvia y defendida por una base social afortunadamente cada vez más amplia, es la renovable. Se trataría de apoyar y expandir todo lo posible las energías renovables autóctonas, eólica y solar especialmente, y sobre todo esta última, dado que está muy infra desarrollada y es claro que España posee una gran ventaja comparativa en este sentido con el resto de Europa: basta observar superficialmente un mapa de radiación solar europeo para comprobar que las zonas más soleadas en toda Europa son el sur de España y Portugal. Sus ventajas son también bien conocidas, y han sido expuestas y desarrolladas en varios posts anteriores -creación de empleo, reducción del déficit exterior y de la dependencia política externa, desarrollo de una economía más democrática y competitiva, ventajas medio ambientales, etc.

La inconsistencia de las críticas a la energía solar

Frente a sus posibles críticas, su intermetiencia y alto coste, repetidas machaconamente hasta el aburrimiento por todos los medios propagandísticos del oligopolio, baste señalar que el autoconsumo y la generación distribuida, además de la experiencia ya acumulada, muestran que la intermitencia no es un problema.

Y finalmente, respecto al coste, la fotovoltaica es ya competitiva para el sector residencial y pequeñas y medianas empresas: esta es precisamente la razón de las trabas insalvables que ha puesto la normativa contra el autoconsumo para proteger los intereses del oligopolio. Más aún, se calcula que este año se instalen en el mundo alrededor de 46 Gw, equivalentes a 15-16 nucleares de tamaño medio (1GW), con lo que la suma global instalada rondará los 180 Gw —casi el doble de la potencia eléctrica total española—. De continuar esta tendencia, y teniendo en cuenta las altas tasas de aprendizaje de esta tecnología cercanas al 22 %, podemos suponer que si al finalizar 2013 el coste estaba en el rango de 9-7 € por watio, al finalizar 2015 el watio puede rondar los 7-5 €. Será interesante ver cómo intenta parar el oligopolio el autoconsumo en esas condiciones, pero es poco probable que lo consiga incluso con apoyo legal.

Ignacio Mauleón

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