El culebrón de Garoña

Sí, no, sí, no… El PSOE se comprometió a cerrar Garoña en 2013, pero su genial y sorprendentemente intocable ministro de Industria decidió otra cosa, aumentada por el actual. Finalmente, Iberdrola y Endesa, propietarias al 50 % de Garoña, y que habían librado una guerra sin cuartel para prolongar su explotación, han decidido que renuncian.

Las centrales y sus enormes beneficios caídos del cielo

Garoña se había convertido en un símbolo de la posible reactivación nuclear, y además, bajo el supuesto de que no se les obligara a invertir en seguridad, y descontando los frecuentes accidentes de esta central, habría supuesto unos pingües beneficios; les salía prácticamente gratis. Debido a la amortización anticipada, financiada con los llamados «Costes de Transición a la Competencia» para que no quebraran, que todos los españoles hemos pagado a las eléctricas sin contrapartida alguna, las nucleares generan grandes beneficios extraordinarios (windfall profits, o beneficios caídos del cielo, es decir, no esperados), máxime teniendo en cuenta que reciben el precio que fijan otras centrales más costosas, concretamente las de gas —que establecen el precio final de oferta de energía en el mercado, pues la demanda es prácticamente fija—.

Finalmente han desistido de pedir la renovación, por dos razones: 1) por el impuesto a la generación de energía, incluidas las nucleares, en la posible reforma energética tal como se ha filtrado, y 2) por la exigencia de fuertes inversiones en seguridad, impuesta por el Consejo de Seguridad Nuclear (y por el miedo no reconocido de sus propietarios a un gravísimo accidente).

La energía nuclear sale carísima

Respecto al primer punto, cuando se filtró, y por primera vez, el presidente de la patronal eléctrica dijo pública y explícitamente que «el que diga que la nuclear es barata no sabe de qué está hablando», reconociendo algo que por los estudiosos es sabido desde siempre. La energía nuclear, en los más de 60 años que lleva operativa en el mundo, nunca ha sobrevivido sin apoyos públicos directos y masivos, y otros implícitos no reconocidos. La gestión de los residuos —que pueden durar 10.000 años—, el desmantelamiento de las centrales después de su vida útil —50 o 60 años en el mejor de los supuestos—, el coste de los seguros ante posibles accidentes, que las empresas privadas solo cubren hasta un límite, pues de lo contrario quebrarían, son costes asumidos por el Estado directamente, y muchos de ellos no previstos, como se ha visto en todos los accidentes graves.

Otros de los costes, esta vez explícitos, son la necesidad de asegurar unos precios de venta fijos, pues la oferta de la energía producida no se puede modificar como requieren las variaciones de la demanda; las enormes necesidades de capital para construir las centrales; los eternos retrasos y el aumento de los costes de instalación —que sistemáticamente más o menos se han doblado siempre respecto a la previsión inicial, en las 450 nucleares, aproximadamente, que están operativas hoy en el mundo—. Y estos son costes cuya financiación el Estado siempre apoya por vías generalmente ocultadas al gran público.

Un riesgo imposible de prever

Respecto al segundo punto, como se ha visto en los grandes accidentes históricos, y también en los accidentes menos graves, pero frecuentísimos, a los que se da poca publicidad, su riesgo es sencillamente imposible de prever: ocurren pocas veces —los muy graves—, quizás, pero sus costes son inmensos, tanto en salud directa como económicos —el último, Fukushima, se cifra según algunos cálculos, en cantidades cercanas al PIB de todo un año—.

Los accidentes son imprevisibles, pues la naturaleza del riesgo es que su causa cambia —los imprevistos son imprevistos—, y como vemos, ocurren. Los costes de salud, y sin ninguna duda los económicos, son devastadores, llevando a la quiebra en primer lugar a la empresa propietaria (la japonesa Tepco, por ejemplo). Todo ello en última instancia es asumido por el Estado, es decir, por todos los ciudadanos a través de los impuestos.

Garoña requeriría fuertes inversiones

Respecto a Garoña, se han detectado fallos imposibles de ocultar: siendo una central ya vieja —no solo antigua—, parece que varios componentes importantísimos están ya dañados, y que los nuevos riesgos detectados requieren fuertes inversiones para garantizar su seguridad. Además, posiblemente sus propietarios han valorado que, en el no tan improbable caso de accidente, ambas empresas propietarias seguramente quebrarían. Pero aunque parece que finalmente va a ser que no, dada la volubilidad de nuestro ocurrente y original ministro, es posible que mañana todo cambie otra vez. Veremos.

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2 comentarios en “El culebrón de Garoña

  1. Y me pregunto cuando se cierre quien lo pagara?
    y en caso de que no cierre harán la vista gorda los políticos a las mejoras que tienen que hacer?
    y si fuera que ya tiene graves problemas en la vasija por que parece extraño el silencio que mantienen los trabajadores cuando hace tiempo atrás hasta sacaron un rap el “rap de garoña”
    veremos que pasa y no pase de culebrón a drama y que llore toda españa

  2. Pingback: El pinchazo del ‘renacimiento nuclear’ | Todo Sobre Energía

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