Democracia energética ¡ya! (II)

Para disgusto del ‘establishment’ que soporta el status quo eléctrico actual, se ha abierto una nueva posibilidad potencialmente revolucionaria para introducir la competencia y el mercado, disminuyendo incluso el peso impositivo: el autoconsumo y el balance neto, es decir, que pequeñas y medianas unidades puedan ser productoras y consumidoras de energía simultáneamente, incluso vendiendo la energía sobrante, en su caso, a la red general.

Podríamos producir la energía que consumimos, pero…

¿Qué quiere decir esto? Aunque las definiciones precisas son más complicadas, la idea básica es sencilla, y es que, por ejemplo, una vivienda privada puede producir y consumir parte o toda la energía que necesita sin necesidad de adquirirla en la red, y por tanto a las grandes empresas eléctricas. Una combinación de mecanismos de generación de energía que incluyen la fotovoltaica y la minieólica para generar electricidad y aire acondicionado mediante bombas de calor, la geotermal y la biomasa –como en Europa central y del norte– para generar agua caliente y calefacción, e incluso la termosolar, permiten esta solución.

Alarma en las eléctricas

Esto puede sonar demasiado bien para ser cierto, pero lo que ha encendido la luz de alarma entre el status quo es que la tan denostada y perseguida energía fotovoltaica por sus altos precios, debido al esfuerzo, riesgo, e interés mostrado por decenas de miles de inversores mundiales, entre ellos 55.000 familias españolas, ha reducido su coste hasta 11 veces –sí, no es un error, 11–, en los últimos 3 o 4 años.

Esto supone en la práctica que la electricidad generada privadamente es ya más rentable que la pagada a la red –unos 20 céntimos de euro por kWh, y sigue subiendo–. Si además le añadimos el soporte del almacenamiento en pilas, y sobre todo en vehículos híbridos y eléctricos, con el posible apoyo de pequeños microgeneradores alimentados por gas, que cogeneren calor y electricidad —existentes en el mercado hace tiempo—, para resolver posibles desajustes temporales de producción y consumo, estamos a las puertas de la solución.

Hay quien argumenta —¿quizás en un intento desesperado de desacreditar esta opción?—, que solo vale para viviendas unifamiliares, y que prácticamente toda la población española habita en grandes ciudades. Grave error: la aplicación en viviendas es enorme de hecho, y basta con mirar datos de urbanizaciones y comunidades privadas de vecinos.

Pero además hay que tener en cuenta a las pymes en todo tipo de polígonos industriales, a grandes instituciones —ejército, iglesia, ayuntamientos y demás entidades públicas, hospitales, lugares educativos como institutos, colegios, y universidades, etc … —. A juzgar por la experiencia de países como Alemania, esta opción podría llegar a satisfacer cerca del 50% de las necesidades energéticas. Y, desde luego, esta opción no resuelve todos los problemas, pero supone un gran paso en la dirección correcta.

Persecución al autoconsumo

Pero, aunque era de temer, desgraciadamente en cuanto se ha abierto una posibilidad real de crear un mercado verdaderamente competitivo que conlleve la eficiencia, los ataques tampoco se han hecho esperar: la prometida regulación del balance neto se pospone continuamente, y por filtraciones, como ya es habitual, no augura nada positivo; y el autoconsumo, al que tímidamente se le había abierto la puerta, se ha empezado a perseguir, amenazando en algunos casos con multas hasta de 600.00 euros por supuestos incumplimientos de normativas legales.

Finalmente, es triste que se obstaculice una opción que contribuiría significativamente, además, a resolver los problemas generales de la economía española: crearía empleo neto, al substituir empleo de los países de los que importamos energía por empleo nacional, y contribuiría substancialmente a reducir el déficit exterior. Y ello sin necesidad de apoyos ni créditos especiales, pues la fuga masiva de capitales nacionales —varios cientos de miles de millones de euros en los últimos meses, equivalentes a un 20 o 30 % del PIB— paradójicamente destinados a pagar —sí, pagar, por increíble que suene— por el derecho a financiar la deuda de Alemania y Francia —no se olvide los intereses negativos de las últimas emisiones en ambos países—, podrían haberse destinado a esta opción de inversión nacional.

Intereses sospechosos

Pero para ello se requieren varias condiciones: en primer lugar, una regulación del balance neto al menos no discriminatoria; en segundo lugar, restablecer la seguridad jurídica de las inversiones, especialmente las energéticas; y en tercer lugar, despejar las dudas respecto a los posibles condicionantes políticos ejercidos por los grupos de interés energéticos, dada la alta concentración de políticos relevantes entre sus consejeros y demás puestos de alto nivel.

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Un comentario en “Democracia energética ¡ya! (II)

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